Dpto. de Latín del Instituto Padre Luis Coloma
Concurso de Relato Histórico Trebelius.Amaneció en la ciudad de Asta
© Raúl Linares (2000)
El carro traqueteaba sobre la calzada haciendo saltar pequeñas lascas fuera del camino con sus enormes ruedas, y en su interior un hombre contemplaba el amanecer que se desarrollaba en el horizonte, Nix retirándose un poco más arriba, y un aliento cálido de brumas naranjas y amieladas se cernía sobre las lomas negras allá al fondo, una alborada que prometió al hombre recién manumitido el porvenir de un ciudadano libre, inteligente, capaz y resuelto, un hermoso y nuevo despertar llameante que hizo pensar al hombre en su propio nacimiento, la llegada a una vida aún por estrenar.
Se dirigía a la ciudad de la que tanto su padre le habló, aunque en realidad dudaba que el viejo hubiese estado alguna vez allí, en la ciudad de nombre Asta, y de noble aumentativo, Regia, desde que a Plinio así le pareciera. Una ciudad de sensuales vinos y exquisitas mujeres, en la que, con toda probabilidad, su padre, simple esclavo de cuadras, jamás estuvo, a no ser que su imaginación allí lo llevara gracias a los relatos de los viajeros que llegaban a casa de su señor. Pero ahora su hijo era libre, y con el dinero ahorrado y la cultura acumulada viajaría a ver la ciudad con sus propios ojos, a tocarla con sus manos sin ataduras.
No hacía solo ese viaje, pues tres pequeños se dirigían también a la ciudad, acompañados de su ludi magister y de dos bellas nodrizas griegas. Todos desbordaban entusiasmo a pesar de que llevaban varios días de viaje. El carretero bostezaba cada pocos metros y movía las riendas con languidez. Los niños se burlaban con pequeñas risas del hombre barbudo y de piel oscura. El caballo avanzaba resignado.
Finos jirones negros atravesaron la amplia frente ambarina y fuego del horizonte. Los pajarillos celebraban en los árboles y setos repartidos por el camino la llegada de la luz y el calorcillo. El hombre experimentó sobre sus cabellos rubios la misma sensación. Sobre una de las lomas creyó distinguir una manada de lobos que se retiraba a sus loberas tras una noche de caza. Casi una milla después la calzada ascendería hacia la zona montañosa de la que les habló el carretero, y una vez pasada ésta, aún les restarían dos días más de viaje.
Los niños se sorprendieron al ver una desbandada de pequeñas aves surgir de entre los arbustos. Y muy distinta fue su sorpresa cuando el caballo se alzó sobre sus patas traseras y relinchó asustado. Inició pues una carrera frenética que hizo crujir el carro arrastrando con él a las personas en su interior. Como imantadas, las manitas de los pequeños se aferraron a los ropajes de sus protectoras, y el anciano maestro, tras una fuerte sacudida, rodó por el suelo del carro. El carretero rebotaba sobre el pescante de madera intentando mantenerse erguido mientras tiraba de las riendas con toda su fuerza. Para evitar una caída fuera del carro, que a esa velocidad sería mortal, el liberto los agrupó a todos sentados en el centro del carro, y con sumo cuidado, se aferró a uno de los bordes para echar un vistazo fuera. En efecto, su observación había sido acertada: eran lobos lo que había visto sobre la loma, pero no volvían de una carnicería trasnochada, era evidente que se disponían a empezarla, con ellos. Miró asustado al impotente grupo tirado en el traqueteante y vertiginoso suelo de madera, e inmediatamente, con gran agilidad y precaución, fue en ayuda del carretero. No parecía que la armazón de madera pudiese resistir muchas más embestidas, los ejes crujían bajo sus pies, las tablas del suelo se combaban histéricas y desprendían secas astillas, las ruedas tronaban contra las piedras de la calzada, más cercanas a fracturarse con cada furiosa revolución. El caballo tiraba hacia delante con todo su miedo contenido en los ojos y las patas, el instinto le fustigaba el cerebro en contra de lo que su amo le exigía. Todo dependía de unas sacudidas más; o el carro cedía, desparramando por el suelo la carne que las fauces ansiaban, o en un encontronazo demasiado brusco con las piedras los catapultaba por el aire. Los pequeños lloraban fundidos a los cuerpos de sus protectoras griegas, que, aunque muy asustadas, se mantenían firmes en la frontera entre el pánico y la aceptación estoica de aquel terrible final, más preocupadas por las criaturas que tenían a su cargo que por ellas mismas. Los lomos plateados y pardos corrían erizados a ambos lados del carro. Entonces, detuvieron la carrera.
Los gritos lo devolvieron a la consciencia. De bruces, con los ojos recién abiertos por el dolor, el liberto pudo contemplar a dos de los pequeños convirtiéndose en tiernos despojos, zarandeados, mutilados, despiezados. Repartidos a su alrededor, sin que pudiera verlos, los demás eran devorados. Las keres alentaban a las bestias. Su propio instinto lo quiso poner a salvo alzándolo del suelo, afianzó sus fuertes brazos en tierra y apoyó una de sus piernas, pero cuando quiso hacer lo mismo con la otra, ésta no le respondió. Cayó de nuevo sobre su pecho, advirtiendo que los gritos humanos y el relincho agónico cedían a un crujir de huesos y a la masticación ansiosa de carne dentro de las fauces.
Conmocionado aún, intentó explicar la oscuridad que lo rodeaba, qué lo impedía levantarse, y sobre todo, qué lo tenía apartado de las bestias. El llanto lo fue liberando del pánico que lo mantenía rígido, tendido sobre las piedras. Lloró por la muerte de aquellas personas, de los pequeños. Lloró sobre las piedras y su dolor traspasó las paredes de madera que lo mantenían a salvo. Los lobos alzaron sus hocicos desde la carne, las orejas tiesas, aguzado el olfato, ebrios por la sangre. Aquel gemido no llegaba a sus oídos con la intensidad del aullido, pero olía a animal, y lo notaban cerca. Unos de ellos, pardo y viejo, se acercó al carro tras rodearlo un par de veces, lentamente. Las ruedas seguían girando al aire. El resto del grupo detuvo el festín, y no lo reanudarían hasta que aquel no volviese con ellos. El enorme animal buscó con cautela el origen del sonido extraño. Hasta que lo encontró. Descubrió que se trataba del mismo tipo carne y que aún se movía. El liberto retuvo el aliento y se llevó las manos a la boca. La gran bestia se lanzó sobre la carne viva. El resto de la manada reanudó el festín.
Amanece sobre Asta. Las últimas risas ebrias y aristocráticas se van adormilando en las suntuosas villae de los alrededores de la ciudad., y un nuevo grupo de sonidos despierta en estas residencias de poderosos hombres. Los esclavos salen de sus habitaciones arrastrando los pies, siempre antes que el capataz y éste adelantándose al administrador. Las primeras palabras de los esclavos insultan al sol, que ya les cercena la piel tan temprano. Les espera otra jornada en la viña desde ese sol blanco hasta el rojo sangre que se deshará lento sobre sus espaldas. ( Cuánto darían por poseer un poco de la sustancia mágica que dan a los soldados antes de ir a luchar). Aguardan reunidos en el patio, más parecidos a aperos de finca parlantes que a seres humanos. Más allá de las paredes que los rodean se extienden hectáreas de vid, cereales y olivos, extensos cúmulos de árboles frutales y los huertos que emanan su característico olor ácido, mezcla de estiercol animal y la amurca derramada por la aceituna. Cientos de hombres, mujeres y niños esclavos trabajan para estas ricas familias, cuyos miembros son reconocidos por Roma y su Emperador, y que dependen hasta el más mínimo movimiento de las personas a las que privan de libertad.
Cuando los hombres parten hacia el campo inicia su jornada el administrador, un esclavo egipcio muy apreciado por su amo, que valora de aquel tanto su eficacia con las cifras como su absoluta sumisión. También realizan sus labores los esclavos destinados a los establos, las bodegas, las cuadras, graneros, almacenes, hornos y molinos.
En el interior de la casa un gran número de muchachas esclavas pululan nerviosas llevando a cabo sus tareas. Las más hermosas y educadas atienden a la señora, preparan sus ropas, lavan y perfuman su cuerpo, peinan sus cabellos, maquillan su rostro. La institutora griega despierta a los dos niños y les da las primeras indicaciones del día, preparándolos para la llegada del rétor particular, un griego liberto muy instruido en literatura y retórica, contratado por el señor para aleccionar a sus hijos, ahora que ya han dejado atrás a Homero y Virgilio. Al señor no le parece buena idea que sus hijos se mezclen con los otros niños en la escuela, en aspectos de sociedad es muy pulcro, e incluso escrupuloso, y tal meticulosidad afecta igualmente a la vida social de sus hijos. De manera que las seis horas que dura la jornada escolar sus hijos las pasarán en casa, aprendiendo, por supuesto, pero en casa. Además a lo largo de los meses de julio a octubre, en los que cierran las escuelas, sus hijos seguirán aprendiendo, pues ya tiene hablado con el rétor griego su permanencia en la casa durante esos meses.Entretanto también la ciudad de Asta ha despertado un nuevo día. Grupos de hombres astrosos aguardan junto a las grandes puertas de doble hoja para la salutatio, acción tan abyecta como necesaria pues la sportula de seis denarios supone el mantenimiento de una familia o los vasos de vino en la taberna para el que carece de responsabilidades. Los libertos, aunque acuden para lo mismo, no se mezclan con los sucios y malolientes mendigos que ya se empujan unos a otros cuando se abren las puertas.
Algunos patronos, después de atender a sus clientes, se dirigen ya hacia el foro. Resulta imposible caminar con fluidez por cualquiera de las calles de la cuidad, llena de comerciantes ávidos y de pregones poco fiables, esclavos de pies ligeros, tenderos que abren sus negocios de atractivos carteles pintados o esculpidos en la pared (dos hombres portando un ánfora indica la taberna, una cabra la lechería, un martillo y un cincel el albañil). Poetas y poetastros van a la caza de inspiración o quizá en busca de vino a cambio de unos versos. Alguna mente privilegiada aligera el paso para escapar del materialismo y la incultura popular. Extranjeros recién llegados a la cuidad de todas partes del Imperio atraídos por los efluvios bacanales de la uva fermentada o por los destellos argénteos: itálicos, galos, hispanos, germanos, árabes, sirios, britanos, egipcios, dálmatas y judíos. Una amalgama bulliciosa de colores y lenguas, un número que aumenta los dies festi con la llegada de pantomimos, gladiadores y animales exóticos y peligrosos.
Algún candidato cercano a las elecciones, vestido con su radiante toga, seguido por su cohorte sobornada, gasta bromas y reparte algunos sestercios al aire. Un médico griego, aunque más bien discípulo atrasado de Yuturna, aconseja en plena calle a su viejo paciente que pruebe el jugo de amapolas para el dolor de muelas, y que si aumenta la hinchazón, que pruebe con un pellizco de lana de oveja sin lavar y verá qué pronto la lanolina le relaja el flemón. Como último consuelo el galeno asegura al viejo que el tiempo lo cura todo, y se despide de él riendo a carcajadas.
También en las calles de Asta un augur mira al cielo sin prestar atención al pájaro que le está examinando el bolsillo; arúspices famélicos que ya quisieran comerse el hígado que están interpretando; taberneros poco honrados que emborrachan con agua y alimentan con huesos; un escultor que hiende con su cincel en un trozo de piedra lo que será el epitafio de un soldado: " Esta lápida está dedicada a los dioses Manes. Lucio Lucinio Valente, hijo de Lucio, de la tribu Teretina, de Arelate, veterano de la Legión Vigésima Valeria Victnx, de cincuenta y dos años, hic situs est."
Una brigada contra incendios irrumpe en una calle paralela, en dirección a una de las insulas cercanas, que ya Domiciano ha limitado en altura, para que mueran menos cucarachas de una sola fogarada. Asta es una ciudad superpoblada, más aún por la corriente migratoria de Gadir y su puerto marítimo. Pequeña imitación de la Ciudad, diminuta Cartago, Alejandría o Efeso, ciudades que ya albergan a un millón de personas en tan sólo veinte millas cuadradas. Y como la mayoría de las prósperas räs comarcas y ciudades del Imperio, un acueducto de unas cincuenta millas abastece a la Ciudad de Asta del cristalino líquido vital Por supuesto, clocas y puentes, bien alzados y firmes éstos por esas nuevas formas arqueadas. Los ceramistas y alfareros que desarrollan su técnica, tanto en e1 modelado como en la decoración, con la habilidad de virtuosos incentivados por 1a tierra próspera y fértil tierra en 1a que viven, que deja brotar de sus entrañas dos fluidos excelentes: el fluido rojo embriagador alabado por poetas, filósofos y emperadores, y el otro fluido verdoso y denso, empleado con prolijidad por cocineros y médicos en sus respectivas tareas vitales. Ambos líquidos son bien guardados en estilizados continentes, ya sean ánforas o en las enormes dolia , en las tegulae más corrientes pero eficaces, o en los barriletes y vasijas de todas las proporciones y formas. La anona, medida posible gracias a los excedentes de trigo concede mayor holgura a la economía, permitiendo a los astenses el aumento de 1a producción de bienes de consumo. Posee Asta, además, una de las mejores tierras para el cultivo de la uva, las vinae palustres, terrenos bajos que se encharcan y embarran, esto es, los esteros.
Varios jinetes exigen el paso a la plebe amarabuntada, y al agitar las riendas dejan ver sus anillos de oro. Sin duda escoltan desganados al enano cabezón de la toga franajda en púrpura.
Sin el menor indicio de ocultación, a pesar de los peligros que corre, un anciano de barba negra y túnica aceitosa cuenta, a los que se atreven a escucharle, una historia muy diferente con respecto al origen de la vida, y no deja de hablar de un humilde aunque sabio enviado de su dios, el único creador, y que este enviado será el encargado de salvar a la raza creada a la imagen y semejanza de su dios..
Una vez que el señor sale de la casa los esclavos se mueven con más calma. En el estudio, los dos adolescentes aguardan la llegada del rétor sentados a sus pupitres, como su padre les ordenó. Uno de ellos apenas habla, sólo se frota las manos contra sus blancas ropas, mientras acopia todos los conocimientos adquiridos, deseoso, un día más, de impresionar a su tutor. Se trata de Helio Celer Valens, de rizos dorados y réplica taciturna. Su hermano es Locuax, casi un año mayor, algo bribón pero de inteligencia afilada y palpitante. Ninguno de ellos es hijo de la mujer que deambula por la casa con la nariz alzada dejando tras de sí un sofocante olor a perfume, aunque cuando abre la boca más bien desprende cierto tufo borriqueño. El señor se casó con ella para esquivar los fuertes impuestos que hacen pagar a los solteros. Cierto es que ya estuvo casado una vez, pero se dovorció de aquella mujer, incapaz de soportar un día más su fuerte aliento; simplemente rompió su matrimonio enviando una nota a su inminente ex mujer por medio de un esclavo: "Coge lo tuyo y vete". Por cierto que ya se ha encargado Locuax de componer unos versos dedicados a su madrastra, unos aguijones epigrameros al estilo del viejo M.
No sólo la mujer no es madre de los dos muchachos sino que ellos tampoco salieron del mismo vientre. El señor los adoptó siendo pequeños, tras ser abandonados por sus respectivos padres. Su actual padre los escogió con sumo cuidado, teniendo presente que ellos se harían cargo un día de sus apellidos y de su fortuna. Les ha proporcionado los mejores profesores e institutoras, a los que concede carta blanca en cuanto a métodos de enseñanza, aceptando, e incluso sugiriendo el empleo del castigo fisico siempre que sea necesario.
Locuax se permite un chiste aunque el rétor puede aparecer en cualquier momento, y él sabe que el viejo no es hombre de bromas. "Escucha, Helio, hermano, el otro día se me ocurrieron unos versos. He decidido que serán mi epitafio para cuando muera. ¿Quieres escucharlos? Dicen así:
'No piense que soy descortés al negarle el saludo,
si no fuera por esta loza que nos separa, por qué mostrarme yo tan mudo.'
¿Qué te parece, eh? JAA JA JA... "
Helio se endereza aún más en la silla al oír la carcajada de su hermano, y sin dejar de mirar al frente reordena sus punzones y tablillas, sintiendo húmedas las manos. A pesar de que han transcurrido muchos meses, cada mañana Helio pasa por lo mismo, y su estúpido hermano se lo pone aún más dificil, por culpa de esos chistes de tan mal gusto con los que tanto disfruta. Recuerda con dolorosa nitidez la paliza que recibió por tener desordenada la mesa, y por su garganta desciende otro hilito de saliva. Su hermano sigue con la risotada. No entiende cómo se permite todas esas bromas cuando ha recibido más palos que un macco cualquiera. Ahora Locuax saca del interior de la túnica un colgante fálico que lleva al cuello y se lo enseña al hermano, con lo que empalma esta nueva ola de risas con la broma anterior. Helio cierra los ojos y procura calmarse al notar el fuerte palpitar en su pecho. -"Oye, Helio, jaa ja ja... qué te parece esto: a partir de ahora... jaa jaa ja... a partir de ahora pondremos una chapa al cuello de los esclavos, ja ja ja , que diga... que diga: 'detenedme si escapo, golpeadme la cabeza bien fuerte, y devolvedme a mi dueño' jaa jaa ja ja... qué bueno, ¿no?" "¿Por qué no te callas de una vez? No me hacen gracia tus bromas." Justo en este instante, cuando el silencio se apodera en seco de la habitación, se oyen los pasos entrecortados avanzando por el pasillo. Por un momento desaparecen las ideas jocosas de la mente de Locuax, y el pobre Helio cruza sus piernas y posa trémulas sus manos en el regazo. Mira de reojo la puerta y oye —en los pulmones el aire retenido— la alternancia de los pasos que se acercan: uno, el extremo del puntero de caoba fijándose al suelo; dos, la sandalia de cuero que apenas produce un leve roce. Uno... dos...
Debió de ser un hombre alto y robusto, pues el encogimiento de la vejez se ha detenido a un altura imponente y en un grosor de brazos y piernas que aún emana, quejumbroso y lejano, el vigor del que fuera un joven brioso rebosante de ímpetu. Por sus arrugas parece haber vivido dos vidas.
Debió de poseer una mirada amable, algo ambigua quizá; a veces pudo transmitir sentimientos innobles que a muchos pudo incomodar o incluso dañar. En cualquier caso su mirada debió ser sincera y justa, reflejo de una mente bien dotada y juiciosa. Así debió ser, porque su rostro ahora se ve contraído, vuelto del revés igual que un guante, y lo que transmite con él es totalmente opuesto a sus sentimientos originales. Sus ojos están ribeteados de una tristeza seca y añeja, casi artificial, maquillada, puesta ahí bruscamente y de sopetón, cuando debería lucir en su lugar un gesto ambicioso lleno de ilusión e inteligencia.
Debió de ser esclavo, por las pulseras cicatrizadas que recorren sus muñecas y por su andar, antaño orgulloso, a pesar de las diferencias sociales, gracias a su constancia y al favor de su señor, al que ayudaba con las cuentas de la hacienda y los negocios, aprendiendo a leer y leyendo mucho, jugando con el pensamiento y pensando en su futuro. Y el futuro, algo que se podía canjear por parcelas de presente, sólo al alcance de los ciudadanos del imperio. Él no quiso ser un "nuevo rico" como los idiotas que ocultan sus muñecas cuarteadas por las cicatrices con pulseras de oro. Él quiso emplear su libertad ganada a pulso poniéndola al servicio del conocimiento, de la razón, ese bien humano tan poco y mal utilizado.
El hombre que acaba de entrar en el estudio debió poseer, sin duda, un espíritu joven, anhelante y en ebullición, en una sociedad implacable para los que no poseían un apellido. De todo eso que debió ser, ya no le quedan más que despojos.
A pesar de la cojera y de su espalda combada, imparte las clases de pie. Se nota sumamente delgado bajo las telas. El perfil de su nariz es helénico, y su color es el del vino de esta ciudad, a la que llegó desmayado hace muchos años. Su calva es la que llaman "hipocrática", por el parecido con la del médico nacido en la isla de Cos, cuya cabeza desnuda la coronaba un seto de pelo blanco.
Los muchachos permanecen levantados hasta que el anciano les pide que se sienten, no quiere que cansen sus cuerpos antes que sus jóvenes e inquietas mentes. Con mucho cuidad avanza despacio por la estancia, le mueve una inexplicable inquietud senil, sin que le suponga un obstáculo la pierna que acaba en la rodilla y que continua a partir de ahí con un trozo de madera, hasta el suelo. Al apoyarse sobre ésta se sirve también del puntero de caoba, hecho por el mismo carpintero que le construyó el resto de la pierna. Es el tercer uso que le ha encontrado al puntero. Además de apoyo al caminar, el palo le sirve para señalar los mapas, su uso original, y para golpear las cabezas de los muchachos cuando lo cree necesario. Cogiéndolo de la parte más fina, sólo tiene que dejarlo caer sobre las jóvenes molleras, resultando ser un buen acicate.
Se detiene frente a ellos, inquisitiva esa mirada que tanto les asusta. "Esta mañana necesito que me despejéis algunas dudas. Decidme: ¿Qué queréis hacer con vuestra vida? No contestéis aún. No, al menos, lo que ya sé. Vestiréis orgullosos vuestra toga viril y seguiréis al rebaño para iniciar la carrera pública. Claro que sí. Buscaréis el triunfo, el poder, el reconocimiento. Pero, yo me refiero, a lo que vais a aportar al ser humano, como seres humanos que sois. Qué sentimientos e intenciones alojáis en vuestro espíritu que nadie más que vosotros puede exteriorizar y llevar a cabo." Estas cuestiones sorprenden a los muchachos, que encogen sus estómagos y ni siquiera pestañean, presintiendo una bronca o una paliza, o el peor castigo sicológico que han conocido: ordenar cronológicamente la colección de monedas del maestro, cientos de ellas, algunas incluso de la República. Pero bueno, qué clase de preguntas son ésas, piensan. "No contestáis. Claro que no, porque no tenéis ni idea de lo que os hablo. De qué os sirve tanta poesía y gramática, además de todo ese galimatías demagógico que tanto os gusta, si ni siquiera os conocéis a vosotros mismos. Cuáles serán vuestras señas de identidad, qué característica romperá el lazo gregario que os iguala a los demás, por qué rasgos de humanidad os conocerán. Hoy vais a recibir la clase mientras paseamos. Recorreremos las calles, nos detendremos cada vez que mis piernas lo necesiten, y aun así estoy seguro de que avanzaremos más de lo que os imagináis." Los muchachos se miran de reojo y casi se atreven a sonreír, pero el gesto rocoso de su maestro borra de sus mentes el más mínimo conato de broma.
Un mercadillo formado por cinco vendedores es el primer contacto con la ciudad. El anciano avanza un poco más despacio, si cabe, y su cojera parece acentuarse. Los muchachos observan los objetos expuestos para la venta: rojas lucernas, multiformes ungüentarios, coquetos alfileres para el pelo y finísimas pulseras y cuentas de ágata, instrumentos quirúrgicos como punzones o escalpelos. Junto a los vendedores, un viejo tuerto con cara de chivo inicia un mosaico que en las jornadas siguientes mostrará una vid cargada de racimos. Cuando pasa junto a ellos un grupo de unos quince soldados, Locuax comenta que el hombre que encabeza la marcha es un centurión, lo sabe por el bastón de vid que porta. También sabe que los soldados reciben el salarium, un puñado de sal; que cuando atacan de noche las legiones, pintan de negro las flechas para que no se vean; que una vez, mucho tiempo atrás, los britanos atacaron al ejército romano cubiertos de tinte azul, aprovechando la creencia de que los espíritus son grises o azules. El maestro interrumpe su enfática exposición militar y le recuerda que no debe interesarse tanto por esos asuntos, no lo está instruyendo para matar y conquistar, sino para hacer el bien con sus palabras y sus razonamientos. Partiendo de esto último les habla del instinto animal que se revuelve dentro de cada hombre, esa parte de nosotros que coexiste con la razón en pugna constante. Ambas son fuertes, e incluso un hombre muy culto, cuya vida está regida por la razón, es incapaz de sofocar en muchos casos el lado salvaje inherente al ser humano. No somos más que animales capaces de decidir entre matar a una persona o permitirle la vida. Pero no debemos sobrecogernos por el hecho de que engañemos o matemos a nuestros congéneres, pues se trata de un comportamiento grabado en nuestra mente, fluye por nuestra sangre, sólo que nuestra mente ha creado motivos para matar y destruir bien distintos a los motivos animales. Recordad que nuestra razón puede advertirnos si hemos obrado mal, pero en muchos casos lo hace tarde, cuando el instinto nos ha manchado las manos, cuando nos ha gritado ; Iugula! Jamás, jamás, deis la espalda a una persona que se os muestre totalmente bondadosa y sincera, que no dé señales de poseer ningún defecto, pues os estaréis fiando de una criatura carente de imaginación e incubadora de un instinto brutal, despiadado; un instinto aletargado, que cuando despierta... es como un lobo hambriento.
El anciano aprovecha para solicitar una parada. Aunque se encuentran en medio del gentío, distinguen a los lejos la música plañidera en honor de algún noble difunto. Pero, por encima del caos gutural que les rodea, más allá de los juegos y las voces infantiles, indiferente a los pregones y al esc4ndalo de sierras, martillos o taladros, y aunque tres hecatombes se estuviesen ofreciendo juntas allí mismo, el anciano ha desviado su atención, sin quererlo, como le suele ocurrir, y ahora mismo se encuentra subido a un carro con un grupo de personas, entre ellas varios niños, y recuerda aquel
amanecer cuando no sólo comenzaba una nueva era, también su vida como hombre libre, aquel nuevo día que truncó sus deseos, la aurora que trajo consigo la muerte en vida.
Mira a sus muchachos, a los que enseña cómo es la vida y cuáles son las armas a emplear en esta lucha tan desigual. Él, que sólo conoce una realidad fraccionada y turbia, que no ha empuñado más armas que la impotencia y la frustración, la cabeza gacha y los latigazos en el alma. Qué puede él enseñar sobre la vida; él, que se dirigía a esta ciudad próspera, de excelente vino y bellas mujeres, siendo joven, y entró en ella mutilado, rodeado de fantasmas infanticidas y gritos de auxilio y dolor.
El Hombre está a punto de iniciar una nueva centuria, piensa el viejo, e iniciará cientos de ellas más, pero, ¿qué importancia puede tener él, y la civilización a la que pertenece, para el Hombre de esas futuras centurias?
Pide a los muchachos que reanuden la marcha, ahogando en sus pulmones el suspiro que jamás dejará salir.