Las traducciones de los clásicos y la nostalgia del presente por los mitos.


Carlos García Gual

La relación con la literatura clásica antigua y con las novelas medievales ha cambiado drásticamente. Nunca se había traducido a tantos autores y con tanta precisión y rigor. Existen incluso versiones diferentes de los grandes de Grecia y Roma, a la vez que se han multiplicado los textos en libros de bolsillo. Además, el interés por la mitología se ha renovado.

Al reflexionar sobre qué es lo que convendría destacar en la presencia de la literatura clásica antigua en los últimos 25 años, creo que hay que referirse, en primer lugar, al alto número y la gran calidad de traducciones de textos, y a la proliferación de las mismas en ediciones de buena tirada y muy asequibles. Es muy curioso recordar lo que don Juan Valera escribía en el prólogo a su versión de Dafnis y Cloe, hacia 1880, viéndose obligado a justificar su traducción e incluso su afición a leer a Homero, algo que se veía como una rareza de esnob en la buena sociedad castiza de su época. Es muy notorio que en España –en notable contraste con Europa– los clásicos antiguos se desdeñaron y leyeron poco y mal durante siglos. Penuria que intentó paliar Menéndez y Pelayo al esforzarse en historiar nuestras traducciones y al programar la serie de su Biblioteca Clásica, que comenzaba con la Ilíada romanceada por Hermosilla, y que marcó ciertamente un notable progreso. Parece justo destacar más tarde el servicio popular y benemérito de colecciones de bolsillo y muy baratas –como las de la editorial Prometeo, la de Bergua, y la amplia Colección Austral– que difundieron versiones, algunas añejas y otras nuevas, de los grandes clásicos y los pusieron al alcance de todo el mundo. Algunas venían descuidadas, y otras trasladadas del francés, y eran una serie reducida, pero tuvieron buen éxito en la difusión de sus textos.

Un rápido vistazo al panorama actual basta para advertirnos cómo ha cambiado radicalmente esa situación y cómo eso se debe, fundamentalmente, a las buenas y numerosas versiones de los últimos veintitantos años. Nunca se han traducido tantos clásicos y con tanta precisión. Ya no puede excusarse nadie con el pretexto de no hallar en castellano a tal o cual autor clásico griego o romano. Y a menudo el lector puede escoger a gusto entre varias traducciones, todas ellas directas y recientes. Por ejemplo, si en 1975 sólo había una traducción moderna de Tucídides, ahora tenemos cinco, y lo mismo sucede con el poeta Píndaro. Si para leer a Homero, había antes que recurrir a las de L. Segalá (de 1908 y 1910), entre 1986 y 1995 se editaron al menos cuatro buenas y nuevas versiones de la Ilíada. (Si bien seguimos sin poder competir con los ingleses en número de versiones homéricas, hemos acortado distancias). En fin, para leer a los poetas líricos griegos y latinos uno puede elegir al menos entre media docena de versiones elaboradas con cuidado y precisión. Los traductores son casi siempre profesores de lenguas clásicas, y han hecho esas versiones con conciencia profesional y buen estilo. Pero hay que destacar también el decidido respaldo de los editores en este empeño de castellanizar a los clásicos antiguos.

Recuperación de inéditos

El proyecto de la Biblioteca Clásica Gredos –aparecida en 1977– promete la versión al castellano de todos los autores y textos del mundo grecorromano y debe, sin duda, mencionarse en primer lugar, por su extensión y la seriedad con que ha progresado. Hasta ahora se han publicado en esta serie de lomo azul, en formato algo mayor que el de bolsillo, casi trescientos volúmenes de autores griegos y latinos, en una serie de gran diversidad, que incluye a los grandes autores y también textos menores, muchos de los cuales estaban antes inéditos en nuestra lengua. No sólo se encuentran aquí los más famosos literatos, sino también textos científicos –como los de Hipócrates, Euclides, Teofrasto, Dioscórides, Galeno, etcétera–, y colecciones de fragmentos, desde los presocráticos, los sofistas, y los de Sófocles a papiros mágicos, restos novelescos, o pétreas inscripciones fúnebres. La Biblioteca Clásica Gredos va así cumpliendo puntualmente su promesa inicial, y viene a realizar, a notable distancia, el claro anhelo expresado por Ortega en su célebre ensayo sobre la traducción: ofrecer en lengua española de una vez todos los clásicos de la antigüedad grecorromana.

Por otro lado, mientras perdura, con un ritmo lento y seguro, la venerable Colección Hispánica de Autores Griegos y Latinos, textos bilingües y con notas críticas, publicados por el CSIC, lo más importante es que también se han multiplicado los textos clásicos en libros de bolsillo –en las listas de editoriales muy significadas como Alianza, Akal, Cátedra, Austral, y en alguna menor, como Ediciones Clásicas– en series de muchos títulos, y, en versiones nuevas, y casi siempre muy bien cuidadas. En principio se reeditan los grandes autores, pero de cuando en cuando esas listas se abren a textos raros o singulares. Por ejemplo, Akal acaba de editar en un tomo los sorprendentes Textos griegos de maleficio, y Alianza los sutiles Epigramas eróticos griegos (Antología Palatina V y XII), que ya andaban traducidos en un par de versiones. Es muy interesante observar que vivazmente progresan esas series tan numerosas –a veces acogidas en una más amplia, como Letras Universales de Cátedra– y tan atractivas.

¿Quiere eso decir que se leen ahora, en tan “malos tiempos para el humanismo”, los vetustos textos de Grecia y Roma? ¿Ahora que en la enseñanza secundaria apenas queda margen para ver el griego y el latín, y que incluso en las facultades de letras sus estudiantes se han reducido a unos cuantos happy few, de incierta felicidad, pero segura escasez? No deja de ser paradójica la terca presencia de los viejos clásicos, insumergibles y rejuvenecidos, en esas series de bolsillo. Supongo que los leen gentes muy varias y no sólo los universitarios y por su propio interés. Más que nunca, tal vez, cuando ya no se los estudia en sus lenguas originales.

El ciclo artúrico

Pero no son sólo los clásicos griegos y latinos los que disfrutan de tantas traducciones. Recordemos otro caso interesante: los textos novelescos medievales que se han traducido estos años. Todos los textos artúricos –desde Chrétien hasta el caudaloso Lancelot en prosa– se han publicado en ediciones excelentes –en Siruela y Alianza–. Si en mis Primeras novelas europeas (1974) resumí las tramas de esos textos, ahora no lo haría: todos están en castellano.

Un segundo rasgo que me parece significativo en nuestra actual relación con el mundo clásico es el interés renovado por su mitología. No podemos atestiguarlo tanto por el creciente número de publicaciones, cuanto por los numerosos cursos actuales en las facultades de letras. Cursos que antes no existían y ahora tienen muchísimos alumnos, atraídos por la temática mítica. Con todo, la traducción del extenso Diccionario de mitologías, de Y. Bonnefoy (en Destino acaba de salir el volumen V) con sus cuidados nuevos prólogos puede servirnos como claro y oportuno ejemplo. Aquí podríamos rastrear los efectos de algunos seductores estudiosos, de Eliade, Campbell y Jung, o, más cercanos al mundo filológico helénico, de Kirk, Vernant y Detienne. Pero basta, creo, con sugerir esas influencias difusas en nuestras lecturas de los mitos.

Respecto del mundo antiguo influyen, creo, en nuestro afecto dos sentimientos un tanto encontrados: la nostalgia y la ironía. Cada vez somos menos griegos incluso quienes, al decir de un inglés romántico, lo fuimos de corazón y de ideas antaño. Pero, tal vez por ello, tal vez por esa estupenda inactualidad de los clásicos, por ese frescor intempestivo de los antiguos, necesitamos, al modo de Nietzsche, volver a ellos, asomarnos de nuevo a sus textos y a su fabuloso imaginario mítico, para refrescar nuestra imaginación.

Son cada día menos los que han estudiado latín y griego y muy pocos reconocen bien los nombres y las figuras de los dioses y héroes míticos. Sin embargo, todavía los viejos textos y las figuras de la antigua mitología siguen conservando una enorme fuerza poética y un incomparable potencial de claridad y seducción. Me gustaría pensar que es eso lo que hace que, incluso en años tan adversos a las perspectivas del humanismo –en el sentido más estricto del término–, se sigan publicando tantos textos antiguos, en versiones que los rejuvenecen, y que los fantasmas de los dioses y los héroes aún frecuenten nuestra memoria y nuestra fantasía. Tal vez los estudios lingüísticos han sufrido cierto retroceso, al menos en su influencia sobre el pensamiento general, pero, en cambio, parece que las más nobles figuras y creaciones poéticas antiguas vuelven vivaces para quien quiera escucharlas. George Steiner dijo alguna vez que los clásicos perviven alertas al futuro. Ojalá.