Entrevista a Juan A.Ortega Díaz-Ambrona, Presidente de la Comisión para Reforma de las Humanidades.


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SOCIEDAD
Martes, 23 de mayo de 2000

«Hay inapetencia humanística rayana en la anorexia»

En junio de 1998, entregó al Gobierno un dictamen (consensuado con las comunidades autónomas) en el que se sugerían cambios en estas enseñanzas. Dos años después, el documento sigue olvidado

PEDRO SIMON

MADRID.- Homero huele a muerto y el cadáver tiene que estar en algún cajón del Ministerio de Educación... Desde que, en junio de 1998, Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona entregara su documento de consenso para resucitar las humanidades, aquí no ha pasado nada: en la era de Internet, al latín se lo siguen comiendo los gusanos.
Mientras la nueva ministra termina de desembalar sus paquetes, charlamos con el presidente de la Comisión que -en cinco meses y de la mano de las comunidades autónomas- elaboró la receta aplazada.

Lectura, más horas de Historia, fortalecimiento de la lengua... Al padre de la criatura no le hará ninguna gracia, pero lo cierto es que el Dictamen sobre la enseñanza de las Humanidades en la enseñanza secundaria lleva ya dos años muerto de risa.

- ¿Qué ha pasado en todo este tiempo para que no se haya hecho nada?

- Desde junio de 1998, se han multiplicado los sucesos políticos: la entrada en el Ministerio de Educación de Mariano Rajoy; las elecciones generales con la mayoría absoluta del PP; el nuevo cambio del titular en el Ministerio de Educación y en algunas Consejerías en Cataluña, Andalucía, etcétera... Todo esto pasó. Lo que no acaeció fue que se diesen pasos sustantivos y definitivos de mejora en las humanidades. Hubo sí medidas aisladas aquí o allá y algún conato fracasado. Por lo demás, las humanidades estuvieron presentes en los programas de los partidos en las últimas elecciones. Tanto el Partido Popular como el PSOE prometieron apoyarlas, pero estamos igual.

- Alguien tendrá la culpa...

- No es cuestión exclusivamente del Ministerio. Realizadas las transferencias educativas existe una responsabilidad compartida entre los consejeros de Educación de las Comunidades Autónomas y el propio ministerio. Quien debería tomar las riendas es, probablemente, la Conferencia Sectorial de Educación.

- En el debate parlamentario sobre la cuestión, el plan de la ministra Esperanza Aguirre salió derrotado, con toda la oposición en su contra. ¿Se ha convertido el tema en un arma política arrojadiza sin más?

- Mire, en el tema de la reforma de las humanidades, no podemos decir que el Partido Popular está a favor y las demás fuerzas políticas en contra. No es así. Basta repasar las comunidades autónomas gobernadas por el PP para comprobar que, en algunas de ellas, no se hizo nada -o muy poco- en la mejora del estudio de las humanidades. ¿Por qué no lo hicieron? No por oposición de otras fuerzas, sino por poca convicción propia o dejadez. El principio quieta non movere da altas rentabilidades en la bolsa educativa. Al menos aparentemente.

- ¿No cree que las conclusiones del dictamen fueron demasiado generales para ponerlas en práctica?

- El dictamen fue todo lo general que exigía la metodología adoptada de consenso y el respeto a las competencias de las administraciones competentes. El dictamen no estableció un rancho único obligatorio para todos, como si se tratase de reclutas. Ante una dieta escasa en humanidades, según se desprendía de ciertos planes de estudio, no decretó un menú único. Prefirió recomendaciones amplias pero inequívocas; un menú a la carta, al gusto del comensal. Ocurre, sin embargo, que algunas administraciones educativas dan la impresión de una inapetencia humanística rayana en la anorexia.

- ¿Puede dar algunas concreciones de la situación actual?

- El dictamen puso énfasis en la enseñanza de la lengua (de las lenguas) en el fomento de la lectura («lectura, lectura, lectura» dije en alguna ocasión plagiando un poco a Anguita, que sabe de enseñanza y de política). Pidió un espacio de lectura literaria y bibliotecas de centro, de aula, etcétera. Sin embargo, el éxito ha sido muy limitado. Da pena leer que, en Cataluña, bajo la nueva batuta de esa encantadora de serpientes que es Carme Laura Gil, la prueba de la literatura en la selectividad parece que se esfuma... Claro que cabría pensar: ¿Para qué insistir en la literatura si tenemos para sano esparcimiento al Gran Hermano?

- Su amigo Luis Alberto de Cuenca fue miembro de la Comisión de Humanidades. Ahora ha sido nombrado secretario de Estado de Cultura. ¿Cabe esperar algo mejor de los nuevos responsables del Ministerio de Educación y Cultura?

- Ya veremos. Le voy a decir una cosa: tantas veces cuantas paso por delante de la estatua de Galdós en el Retiro, me pregunto por qué el Ayuntamiento de Madrid mantiene una desolada librería vacía, sin un solo libro bajo el paradójico título de Biblioteca Popular. ¿Sería mucho pedir a los libreros, que ahora han ocupado el antiguo paseo de coches con su Feria anual, un óbolo de libros a fondo perdido en honor de don Benito?

No sabemos qué será de las Humanidades, de la lengua... ¿Qué decir de la cultura clásica, con la voz de Adrados que clama en el desierto? ¿Y la Historia? ¿Qué se ha hecho? ¿Dónde se ha reforzado el horario para su estudio? ¿Quién ha revisado sus contenidos? ¿Se respetan más los hechos históricos? ¿Se ha sobrepasado en los planteamientos el excesivo localismo? Desgraciadamente no.

- Hay gente que dice que habría que esperar a la mejora simultánea de las enseñanzas de matemáticas y ciencias.

- Esta cuestión me recuerda al dicho aquel bastante irrespetuoso: «Ni comemos, ni muere padre». Nadie en la Comisión de Humanidades quiso restar importancia al estudio de la física, la química o la biología en la secundaria. Ni tampoco de las matemáticas. Pero la Comisión no versaba sobre esto. Nadie nos preguntó sobre estas materias. En todo caso, nos curamos en salud.

El dictamen decía que un humanista es una persona que conoce los avances científicos y tecnológicos, a la vez que los saberes que venimos llamando humanísticos. De ahí, añadía el trabajo, que no sea deseable concebir como separados o incomunicados esos dos mundos que Snow denominó «las dos culturas». De un lado, la sustentada por los que el llamó en su conferencia de 1959 «intelectuales literarios» (humanistas) y, de otro, la de los «científicos», y como más representativos entre ellos, los «físicos». Este era el punto de vista de la Comisión, de la que formaban parte personas de gran autoridad y experiencia. Nadie pensó que no se debiera mejorar la enseñanza de las ciencias. Pero es claro que se nos estaba preguntando otra cosa.

- ¿Qué sensación se le queda a usted, que fue ministro de Educación con UCD, viendo que las Humanidades siguen igual de «tocadas» que antes?

- Ahora, dos años después de todo aquello, trato de hacer un ejercicio de comprensión.

Comprendo que el Ministro Mariano Rajoy se quedara quieto parado ante un problema peliagudo que amenazaba con encresparse de nuevo. Comprendo que el horno socialista venga estando para pocos bollos humanísticos en un momento en que nadie sabe quién saldrá en la foto. Pero ahí está el libro de Alvaro Marchesi, con toda su autoridad. Marchesi dice que la actualización del currículo «es algo imprescindible». Comprendo el sobresalto de las transferencias educativas, que han llegado de sopetón a algunas comunidades autónomas.

Todo esto lo comprendo y algunas cosas más... Sólo hay una que me parece incomprensible. ¿Por qué la Conferencia de Educación nos hizo trabajar tan deprisa y nos dio un plazo de sólo cinco meses?